viernes, 17 de octubre de 2008

La Roca. Wallace Stevens. Edita Lumen.

Hola amigos y amigas:

Nada más y nada menos que Wallace Stevens nos toca esta semana. El libro es "La roca", edita Lumen y realiza la traducción Daniel Aguirre.

La reseña la escribe Ainhoa Sáenz de Zaitegui. Buena parte de la reseña la constituyen los versos del poeta. No hay valor añadido. Sólo sabemos que Wallace es "Dios" pero no sabemos por qué. La referencia a Harold Bloom en el principio parece el argumento de más peso que se le ocurre, argumento que uno ya lee en la contraportada del propio libro.

Por otra parte, y sin tener nada que ver, esta misma semana la crítica de El Cultural tira la piedra y esconde la mano: "Recibimos a la vez dos libros. Uno es de un poeta muy famoso (y muy malo).", "Es el inconveniente de la fama: que no te bendice con talento. Mientras el poetastro agita sus pompones de cheerleader para disimular sus ripios...", "A diferencia del poeta famoso (rematadamente malo)". Parece que, desde aquella famosa reseña a Chantal Maillard que destilaba hiel, la crítica, que parece ver el mundo poético en blanco o negro, no se atreve ahora a decir el nombre del "poetastro", insulto que merecería un equivalente para su puesto, pero no puede evitar el vómito verde aunque sea para limpiarlo ella misma. Que cosas así ocurran en un suplemento que le cuesta el dinero que le cuesta a El Mundo es algo inexplicable y que merecería varias cartas al director.

Volviendo a Wallace Stevens, la mala reseña de Ainhoa está en parte justificada esta vez. Mientras que es fácil detectar cuando un poeta es malo, y también lo es cuando un poeta es brillante por retórica, en el caso de Stevens el tono muy moderado de su poesía última y la ausencia de fuegos artificiales provocan que el lector se quede absorto ante un poeta de esta calidad pero a la vez le cueste explicar en una primera lectura por qué Wallace Stevens es uno de los grandes poetas del siglo XX.

El libro que reseñamos esta semana es su último poemario. Poco tiene que ver con el Stevens de "Harmonium" (1923), un primer libro publicado cuando el poeta tenía cuarenta cuatro años, de un estilo exultante y denso, pero en el que poeta ya da muestras de genialidad y de atrevimiento, como en su famosa e irónica "Invectiva contra los cisnes", poema que algunas de nuestras más excelsas figuras actuales de la poesía española no deben haber leído (como no han leído buena parte de la poesía contemporánea escrita fuera de nuestro país). Es el síndrome de Benjamin Button el que aqueja a nuestra poesía oficialista, esa vuelta atrás como si el siglo XX no hubiera pasado.

Respecto a la traducción, tenemos dudas por lo que se refiere a no pocas palabras traducidas utilizando un lenguaje alejado del habla convencional que Wallace utiliza. Igualmente nos llama la atención el uso del hipérbaton en varias ocasiones, uso completamente alejado de la fluidez natural del verso de Stevens. Asimismo, el ritmo se separa demasiado de la cadencia del poeta americano.

"La Roca" apareció en 1954, un año antes de su fallecimiento, como el poemario inédito de su poesía completa, publicada por Knoff. No fue, por tanto, un poemario publicado de manera individual sino el regalo del poeta a su obra completa. En su famoso ensayo "Notes toward a supreme fiction" el poeta había establecido las bases por las cuales la ficción de un Dios en el que ya no se podía creer podía ser sustituída por una "Ficción Suprema" con carácter de deidad. Tres características debían definir esa poesía con un objetivo tan elevado: la ficción debía de ser abstracta, debía de proporcionar placer y debería poder cambiar.

En "La Roca" se dan las tres características. En primer lugar el lenguaje es absolutamente sencillo pero a la vez abundan los sustantivos abstractos. En segundo lugar la lectura, aunque en ocasiones se hace compleja, siempre es placentera. Y por último lugar, el poeta habla desde un postura que, sin pretenderlo sino de manera natural, se asemeja a veces a la voz de un dios, capaz por tanto, del cambio.

El libro, que en su origen se divide en tres partes que en esta edición se sustituyen por ninguna, y como el propio poeta dice, fue escrito cuando tenía 70 años. El cambio de tono respecto a libros anteriores es evidente. El impersonalismo que había dominado buena parte de la obra del poeta cambia en esta ocasión a un fuerte personalismo, incluso cuando el poeta juega con el sujeto poético. El estilo, como se ha comentado, es extremadamente sencillo: Stevens desnuda su poesía de retórica, las pocas veces que la utiliza es con enorme maestría ("And the shadows of the trees / Are like wrecked umbrellas"), el léxico no es rebuscado y los adjetivos son pocos y bien elegidos. Y los poemas, en contra de la opinión de Ainhoa, se hacen más sencillos que en libros anteriores, ¿ha leído usted "Auroras de Otoño"?, aunque el grado de abstracción, palabras sencillas para pensamientos complejos en la línea que luego liderará John Ashbery, es elevado.

En general el poeta, a su avanzada edad, nos transmite la sensación de que sus recuerdos no existieron, en la línea de Yeats en su "The Circus Animals' Desertion", sino que fueron creados por una supraconciencia, "la conciencia fantástica", para rellenar el vacío de la existencia. En el poema que da título al libro, "La roca", una roca desolada, se resume la sensación sobre el vacío de la existencia que el poeta siente y su necesidad de encontrar una redención. Si la realidad puede ser un intento de escapar la nada mediante la "conciencia fantástica", la poesía, que aparece en la segunda parte del poema, puede ser el intento de escapar de la nada a través de la creación de significado. De esta forma, brotan los numerosos significados que el poeta comienza a darle a la roca y de esta manera el poema se convierte en constructor de la realidad. Como escribe en otro poema, "Dios y la imaginación son uno", y la contemplación, el mundo como una meditación, poema del mismo título del libro, nos dan una idea de una imaginación que va más allá de la imaginación humana. Una imaginación que, incluso cuando está ausente, "tiene que ser imaginada".

Así el poeta imagina una naturaleza pensativa, que con su pensamiento crea los objetos y por la noche los aparta de la existencia ( en el poema "Looking across the fields and watching the birds fly"). Y en esos pensamientos y observaciones Wallace Stevens construye una poesía en la que sacar versos excepcionales como muestra es un ejercicio inútil porque cada palabra forma parte de una compleja arquitectura lírica y filosófica. No le hace falta.

"La roca" es un poemario que parece escrito desde un punto de vista privilegiado: "el poema que ocupó el lugar de una montaña". Esa posición privilegiada ayuda a crear el estado salvífico que para Stevens tiene la poesía. Aunque el subtítulo del poemario es una referencia temporal, "Setenta años después", el libro es una respuesta a la nada, "a cure of the ground", ante el vacío del tiempo después de la muerte, y también una respuesta al miedo al olvido, el olvido "beneath the dew". En uno de los últimos poemas escritos por Wallace, "El planeta en la mesa", el poeta se identifica con el Ariel judío, tranquilo en sus últimos días porque "ha escrito sus poemas". Setenta años después el tiempo ha perdido su importancia frente al poeta y sus versos.

"La roca" es una exhibición de talento y de capacidad de transmisión lírica. La poesía es desnuda, reflexiva y profundamente hermosa. Un enorme poeta, otro olvidado por el Nobel, cuya influencia sobre el postmodernismo es abrumadora.

Valoración de "La roca": 9 / 10

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Me alegra mucho encontrar una reseña sobre un libro de Stevens. Gracias a los addison, echo de menos algunas unas notas más concretas detallando sus hallazagos como suelen hacer, pero me alegro. Stevens es un gran poeta, me da igual que no sea español, un libro de 9 es algo que habrá que leer. Leí hace años Notes... y me pareció una experiencia. De todas formas es curioso cómo utiliza la abstracción a su favor, cuando suele ser tan peligrosa y perniciosa para casi todos los poetas.
Lázaro

jordi dijo...

Un poeta grande. Cada vez que releo sus poemas es casi como si comenzara por primera vez. Siempre hay un nuevo significado que se une a todos los anteriores. No creo que sea un poeta para el gran público. Hay que leer mucha poesía para saber apreciar la sobriedad y profundidad del último Wallace Stevens. La recompensa es enorme, sin embargo.

Me ha encantado la crítica. Otra nueva carga de profundidad.

Anónimo dijo...

Digo yo si la obsoleta religiosidad no debería volver a hundir sus raíces en los versos de poetas como éste para que recuperemos la capacidad de vivir con verdad.

joan dijo...

¿Y qué es vivir con verdad, señor anónimo? ¿Creer que tras la muerte habrá un juicio sumarísimo en el que seremos divididos entre buenos y malos?

Los versos del poeta Stevens están llenos de espiritualidad, algo que no debería confundirse con su religión, cuyo origen etimológico, amarre o atadura, me imagino que conoce.

Si la verdad nos hará libres, no podemos vivir libres sin verdad. La construcción en base a burdas mentiras de las religiones no puede alejarnos más de la verdad, y por tanto, de la libertad.

Otra cosa muy distintas es la espiritualidad que poetas enormes como Wallace Stevens dejan entrever en sus magníficos versos.

Anónimo dijo...

el religare, desde mi perspectiva, es la capacidad de vivir conectados con el mundo de manera sagrada. Es el "religarnos", y de esa manera vivir con verdad. Cuando leo textos como los de Stevens me siento de esa manera. Que la etimología haya sido prostituida por las grandes religiones -o la espiritualidad constreñida a rezos e ídolos de madera-, no es mi problema, señor Joan. Creo que tengo derecho a usar el término sin miedo. Lo del juicio final o lo del dios antropomorfo me preocupa lo mismo que con quien se acuesta Zeus. En definitva, llamelo X. Creo que la religiosidad -o la espiritualidad- deberían beber de textos como estos para que el mundo sea un lugar mejor.

joan dijo...

Casi de acuerdo en todo lo que dice. Por alguna circunstancia pensé que la poesía de Stevens no le parecía espiritual.

En mi modesta opinión la partícula re en religare tiene carácter de intensificación del verbo ligare, y no de "volver a". En la lengua latina su uso tiene su origen en las creencias supersticiosas y esotéricas, alejadas de la razón.

En cualquier caso, sigo sin entender a qué se refiere con "vivir con verdad". A estas alturas hablar de la Verdad me parece una entelequia, en el sentido no aristotélico del término. Pero líbreme dios de bajarle el telón.

Lola Torres Bañuls dijo...

Hola

Os estoy escuchando con atención. Entiendo la posicion de Anónimo cuando habla de espiritualidad. Me parece que la base de todas las religiones es la misma. Sin embargo esa Espiritualidad de la que habla Anonimo esta por encima de las religiones. Pero eso no creo que nos haga menos libres, no sé como explicarlo. También pienso que tal vez necesitamos volver a creer en "algo", sin tener que seguir las religiones ya establecidas. Pero estamos deshumanizados eso me parece evidente.


En cuanto a Wallace Stevens nada más pueda me lo leo. Aún estoy leyendo a Ospina y me gusta mucho. Joan pues en muchas ocasiones tengo que leer varias veces los poemarios para encontrarles la unidad del libro y en las lecturas sucesivas voy encontrando que los poemas se abren a distintas posibilidades. Eso me encanta.


Para Addison pues gracias por las reseñas. Sigo vuestras entradas y las críticas que haceís, luego leo los libros que comentaís me sirve para aprender. Pero voy despacito porque no tengo mucho tiempo.

Un abrazo

Anónimo dijo...

Con "vivir con verdad" me refiero a vivir sintiendo que todo tiene un sentido, y en el presente, no en el más allá o en el futuro Paraíso prometido. No soy un erudito, luego los términos que empleo pueden albergar una polisemia que se me escapa. La intención era buena. Me gusta pensar que el lenguaje poético pueda ser el albergue de lo sagrado. Y no explicaré lo que es sagrado, pero poco tiene que ver con las grandes religiones porque se cuece hasta en los potajes, desde mi modesto punto de vista. Y aqui bajo el telón porque no doy para más.

joan dijo...

Anónimo, si realmente la poesía le ayuda a pensar que todo puede tener sentido, y le acerca a lo sagrado, no puedo sino envidiarle.

anónima dijo...

Pregunta a los Addison. Normalmente soléis poner las cosas que no os han gustado de un libro. ¿Este libro es perfecto, cosa que dudo, o hay cosas a mejorar? Espero que Wallace no sea un intocable...

Addison de Witt dijo...

Antes que nada, gracias anónimo. No lo incluimos porque entendemos que es constructivo pero si no es esa tu intención, avisa y lo incluimos. Ojalá sigas ese celo y tienes nuestro email para hacer del vicio virtud ejerciendo esa labor a priori. Tienes toda la razón, en cualquier caso.

Respecto a anónima, efectivamente no hemos puestos los puntos "débiles". Fallos, en la última poesía de Stevens, hay pocos, en nuestra opinión. Su estilo, sosegado y sencillo, hace también que sea difícil cometer errores de bulto.

Si tuviéramos que destacar algo que no nos gusta quizás serían los juegos de palabras (algunos como la epanadiplosis y la epanalepsis), demasiado abundantes para nuestro gusto, y demasiado similares en sus planteamientos.

Ejemplos:

"The extreme of the known is the presence of the extreme of the unknown"

"Where he would be complete in an unexplained completion"

"a change part of a change"

"Too much like thinking to be less than thought,"

"For a sign of meaning in the meaningless"

Hay algunos más pero tampoco se trata de aburrir. Cuando se usan figuras retóricas tan llamativas como éstas, pensamos que se debe moderar su uso para que no pierdan fuerza.

Este sería, en nuestra opinión, el "fallo" más significativo de un libro que, técnicamente, en casi impecable.

anónima dijo...

Gracias addisons. Frente a las cursilerías insufribles de la generación gladiolo, me parecen pecados muy veniales los de este poeta. Creo que me compraré el libro a ver si aprendo algo.

pablo dijo...

Brutal, brutal, brutal. Buenísimo Wallace Stevens. No había leído nada de él y me parece deslumbrante.

¿Ahora cómo voy a leer a la generación del gladiolo, a esa generación con el tan acertado síndrome de Benjamin Button? Que se vayan al país de Sissi Emperatriz a escribir sus cursilerías y ripios. Viajes pagados por el Instituto Cervantes. Quedaos allí.

Anónimo dijo...

Es fácil. Criticastro o criticastra, según el caso. Quid pro quo.