Mostrando entradas con la etiqueta Secretos de poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Secretos de poesía. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de mayo de 2009

Secretos de poesía: Inane, de Isabel Navarro


Hola a todas y todos:

Sólo la casualidad ha llevado a este libro a nuestras páginas. La casualidad de una buena librería cuidada por un buen poeta en la que, encima de la mesa, nos encontramos con una portada que llamó la atención a nuestros ojos. Todo ello gracias, en buena parte, a las excelentes ilustraciones de Quique Krause. Casualidad también porque hablamos de un libro editado a comienzos de 2008, y que encontramos hace un mes, de una editorial no muy concurrida en las librerías, Editorial Complutense, y de un premio, Blas de Otero, que tiene otro premio a su nombre bastante más previsible (con los defectos habituales que solemos señalar en los premios). En este caso, todo lo que rodea al premio parece un esfuerzo digno de principio a fin aunque sería interesante que cada edición indicara los miembros del jurado.

No es tampoco demasiado sencillo que traigamos un primer libro. Un primer libro no significa que la poeta, como parece apuntar en su biografía, no lleve ya unos años perfilando su oficio de poeta. Pero en cualquier caso, es un primer libro publicado a los 31 años, edad en la que si uno ha leído lo suficiente, y parece que es el caso de Isabel, las posibilidades de arrepentirse de lo escrito años después, ese clásico de nuestros primeros poemarios, se reducen.

Lo cual no quiere decir que no hayan detalles que lleven a pensar que es un primer libro. Pero con todo, nos ha parecido un poemario lo suficientemente bueno como para entrar en nuestra lista de secretos de poesía. A un libro por cada cien leídos, aproximadamente, algo de mérito tendrá la poeta.

"Inane" es el título del poemario, y es el nombre, de referencias alegóricas, de la protagonista. En general es la tercera persona la que, de manera omnisciente, nos describe a este personaje hermético y claro a la vez, apenas descrito, pero de cuyos sentimientos nos sentimos partícipes casi desde el comienzo.

A nivel de estructura el libro se divide en diez partes, comenzando por la número diez y reduciéndose progresivamente hasta la parte número uno. Cada parte contiene poemas con el mismo número de versos que le corresponden por título. Se va, en consecuencia, desde el poema de tamaño medio, complejo, hasta el epigrama apenas sugerido por un único verso.

Inane tiene definición de hambre en la poeta, un hambre que será hilo conductor de buena parte de la sugerida trama narrativa del poemario, en dónde brilla la cebolla, el arroz hecho al sarmiento, el pimiento rojo o el ajo, cuando la poesía en más clara, o la metáfora que trasciende el significado sustantivo en otros casos.

Pero el libro no es sólo la historia de Inane. También aparece la propia narradora, que se mezcla con la historia de Inane, en una historia en primera persona, urbana, sexual, maldita e insomne.

El narrador establece un diálogo ficticio con la protagonista, sea preguntándole, "Dime inane, ¿a qué crees ser inmune?" o bien recibiendo una afirmación que oímos a través del narrador: "Dices que te negaron la belleza." En otras ocasiones se escucha la voz de la narradora, intercambiándose poemas y planos de tiempo.

Inane es "la fea", "la gula", "la ebria", la que "acecha Itaca desde la cocina", la estéril ("se recriminan a esputos / tu esterilidad"), la que quiere ser otra, la de las malas noticias y la hambruna. Si bien, aparentemente, el marco temporal en el que se mueve Inane podría ser el de comienzos de siglo XX, ligado quizá a las hambrunas, sus ecos llevan hasta los problemas alimentarios de la sociedad actual y sus consecuencia sobre la preocupación por la imagen (preocupación sobre la importancia de la imagen femenina versus la masculina que se ve muy clara en el poema sobre la virgen y la peluca). La preocupación alimenticia volverá hacia el final del poemario, como una herencia de abuelas a nietas, vasos comunicantes, con un origen muy distinto y un tratamiento poético también distinto, y menos efectivo por el cliché, y la búsqueda del mensaje a costa de la forma:"El mismo donut, ahora con menos calorías"

Es una mezcla extraña, en el sentido positivo del adjetivo, de herencias, genéticas y mundos, en la que tiene mucho que ver el lenguaje que utiliza la poeta. Y es precisamente el uso del lenguaje uno de los aciertos principales de este libro. El léxico que utiliza Isabel es muy rico pero en casi ningún momento parece fuera de lugar, ni aparenta rebuscado. En ocasiones el lenguaje desciende a lo más cotidiano y en otras roza el cultismo o el arcaísmo ("y de trova vieja"). En otras ocasiones verbaliza un sustantivo ("de una ciudad que se extrarradia") o tuerce la sintaxis para acomodar el verso a la circunstancia.

También iguala hambre y poesía. Isabel introduce y mezcla ambos conceptos, como hace en el segundo poema del libro:

"La palabra del maestro es el calostro del poeta,
una teta con miel y calendario,
la electricidad de un niño de juguete."

Es justo cuando la poeta habla de poesía cuando su verbo se maligniza, como cuando presenta a la gemela de Inane:

"Los versos con agallas habitan en la charca,
se hunden, con Inane
y su gemela, Grieta..."

En general hay una desconfianza hacia la palabra: "Puta palabra, / jamás debiste escapar de la nana."

El discurso está marcado por un substrato pesimista, que suele cerrar el final de algunos poemas, como es el caso del anterior: "La leche del maestro es tan efímera como la destrucción del día."

El sexo aparece también en ocasiones sea como una referencia familiar, "La caricia del padre puede ser incesto o privación", como observación, " la sabia lascivia de perros y gatos", o como parte de una historia corta: "Hablar por hablar / para después gemir. / Casi uno de esos romances a las 5 de la mañana." El deseo también se traslada a Inane: "En la despensa de tu abuela / un cerdo se ahorca /ajeno al deseo lúbrico / de Inane."

El lenguaje se extrema en algunos casos buscando un malditismo, a veces tremendista, que suena un poco fuera de lugar y demasiado fácil: "En el gozo limítrofe / de la amputación", "Cada día un poco más puta, / lucha contra las sábanas / para dejar de ser fea.", "Alguien me dijo que nunca pudiste evitar / estudiar en la misma mesa / donde tu madre degollaba los conejos", "Reconozco a la boca por su coprofagia / y mi parentesco".

Como suele ocurrir, y no sólo en primeros libros, es en la parte metafórica y metonímica donde a veces la poeta necesitar pulir más su oficio: "En el ring de tu vientre...", "cuando manchas las hojas / del recuerdo inmaculado.", "arrastras una trenza de deseos obstruidos", "y su entereza salta / como el mercurio / de un termómetro roto.", "A cucharadas el tiempo se cae / sobre la boca.", o el poema completo de la paella del domingo.

Pensamos que es también mejorable el cuidado rítmico del verso. Se tiende a confundir en buena parte de la poesía que estamos leyendo el verso libre con el descuido rítmico. En este sentido, "Inane" no es una excepción. No hay que trabajar sólo la sintaxis, semántica y léxico de los poemas. Hace falta un estudio detallado del ritmo de cada poema, estudio del que parecen ajenos la mayoría de libros que leemos.

También nos parece que conforme el número de versos de los poemas va disminuyendo, la calidad de éstos se va reduciendo: "Si grita el miedo / tengo Cabrales / para abrumar su boca.", "Tras el donut / la muerte. / El mismo agujero".

Aún siendo consciente de sus defectos, estamos ante un libro con bastantes poemas muy encima de la media habitual:

"Inane en la ciudad
con el esqueje en las manos.

Sin saber a dónde."

Los hallazgos no son desde luego menores, algunas veces recordando giros surrealistas, "La utopía huyó de tu lado / como una biblioteca prestada". Otras veces son una descripción cruda de Inane:

"Ronca y famélica,
con el dolor viejo
que nos enseña a cazar
donde sólo hay otros hombres que se arrastran."

Algunos poemas se complementan de principio a fin:

"Si estuviese en París
y fuese jueves,
pediría al Dios de la creación
unos ojos de animal nocturno
para gatear a tientas entre
la belleza y los deshechos."

Otros, que avanzan de manera excelente, dejan una extraña sensación en la parte final, que podría haber sido resuelta mejor:

"El pecado venial de las azadas
es cavar la tierra para sepultar un credo.
Es el penúltimo dogma de los cínicos:
sembrar la era con hortalizas invisibles.
La fe desgastada, como el bajo de los vaqueros."

La poeta, en uno de los últimos poemas, define a la narradora: "pero sospecho que soy hambre". "Inane" es un poemario original, bien escrito y estructurado, con voz propia y personal desde ya, atrevido en su forma, escrito por una persona con talento para el verso y con una imaginación potente. Un primer poemario bueno de una poeta a seguir.

Valoración de "Inane": 6,75 / 10

domingo, 3 de mayo de 2009

Secretos de poesía: Campo nublo, de Antidio Cabal


Hola a todas y todos:


Ni está siendo fácil ni está habiendo toda la colaboración que esperábamos, pero estamos encontrando algún tesoro que sí merece la pena. Vamos a seguir buscando y en este sentido seguimos animando a editoriales y autores a que nos envíen sus libros.


El libro que presentamos, "Campo nublo", de 1956 y reeditado en 2008, del casi desconocido Antidio Cabal (sin foto disponible en Internet), treinta poemarios escritos, nacido en 1925, y completamente olvidado por el oficialismo crítico y mediático, es un caso ejemplar de lo que llevamos aullando desde hace tiempo en este blog. Hay una terrible pereza mental por parte de la crítica oficial y oficiosa, y también por parte de buena parte de los poetas oficiales. El último libro, por ejemplo, de Morales y su musa funámbula, es un nuevo caso del lastre que puede suponer para la poesía la crítica. Tres o cuatro editoriales parece que representan el 90% de la producción poética de calidad. Y lo que sale puede coincidir con antiguos alumnos y demás.


Hay, en general, pocas ganas de salirse de los campos marcados por parte del oficialismo. Si Chantal hubiera publicado su "Matar a Platón" fuera de Tusquets, y de tres o cuatro editoriales más, el libro habría pasado casi tan desapercibido como sus libros anteriores salvo para una minoría que no es precisamente la establecida.

Y así, gente como Millares Sall o como el propio Antidio Cabal, que destrozan todos los pre-juicios sobre la generación de post-guerra y la comodidad de manejar dos o tres grupos, resultan puestos al margen en favor de otros poetas que se llevaron muy bien con el franquismo, o que entraron en los círculos de referencias cruzadas o, en unos pocos casos, que eran muy buenos. Pero fuera de los cánones ultraconservadores se deja a parte de la poesía de los últimos 50 años, y se comienza a hacer porque su historia ya está, supuestamente, contada, es lineal y fácil de aprender y estudiar. Su inclusión obligaría a trabajar y rehacer la historia escrita por todo este grupo crítico tan prescindible como lo es una parte importante de la poesía en la que centran sus estudios.


Acabada la perorata, vamos al libro de Antidio, que ya fue publicado en 2000, y vuelve a ser publicado ahora en un esfuerzo editorial sin precedentes de Ediciones Idea para dar a la luz los 30 libros que este señor ha escrito. Agradecemos a Antonio Jiménez Paz el esfuerzo que está realizando de divulgación y difusión de la obra del poeta canario.


Hemos leído en algún sitio que "Campo nublo"es un libro de aforismos. Nos parece una generalización. Hay poemas que se pueden calificar de aforismos pero otros muchos no lo son. En este caso, el propio poeta, en su breve introducción, explica perfectamente ante qué estamos: poemas en prosa de naturaleza nubla, invertebrados en su plasma.


El tono general de los mismos es un tono filosófico, que va desde el mundo pre-socrático, pasando sin duda por Sócrates y Platón, también por la mística española, hasta Heidegger, incluso hay ecos de Cioran y Freud, dando varias vueltas por el orientalismo, tanto de forma como de fondo.


La preocupación principal que trasciende en mucho de los poemas es la preocupación por el yo, por la identidad del sujeto:


"Escucha, amor mío, Antidio, no razones más, no acometas valores decisivos. Podrías haber sido de dos o tres carnes, o de cero nuboso, no te remitas a investigaciones. Tú eres un monomio sin ningún otro, no registres otro monopolio mortal. No cabes más tú en ti. Cuídate."


También hay un importante número de poemas que hablan de la poesía, no tanto desde lo que podría llamarse metapoesía sino casi desde la misma poesía (o musa):


"En torno a nada, no descubriendo, sino después, entre poemas."


La preocupación religiosa también tiene su cabida, y la franqueza con la que habla el poeta explica muy bien su necesidad de exiliarse de España (léase por ejemplo el poema número 32 sobre la Virgen María). También existe una cierta reivindicación del género femenino como superior al masculino, no precisamente típica de la época. Y, como elemento curioso, está la inclusión a veces de un lenguaje científico:


"Las ciencias no detectan la casa del todo de San Juan de la Cruz, ni pueden leer la ecuación unitiva, la llegada del fotón."


En ocasiones, además, aparece la fina ironía:


"Jenofonte marchó durante tres meses hacia el mar, en búsqueda de naves. Cuando llegó no había naves, luego, no había mar. El todo no siempre contiene a la parte."


Destaca especialmente en este libro el dominio técnico que el poeta tiene del lenguaje, y sobre todo, del juego con la sintaxis. Tiene Antidio un buen conocimiento de las claves del lenguaje poético, en especial del uso de la elipsis, del juego de palabras, y de la reducción, y lo sabe aplicar con una maestría importante.


También destaca un cuidado, medido y rico uso de la retórica: metáforas, imágenes, por ejemplo, se utilizan bien sin que en ningún momento el poeta abuse de ellas.


El lenguaje es, además, un lenguaje desnudo, rico pero no recargado, y en todo momento la contención verbal esencializa la comunicación poética.


Si bien el pensamiento que propone el poeta no es original, en su contenido, sí lo es en la manera en que es presentado.


Un poema resumen de varias de las cosas que hemos comentado sería el siguiente:


"Me distiendo a la inversa. Otra vez lo eso. Orillas, aguas. A lo mejor una música, un pozo, una pirámide. En cada unidad de tiempo una unidad de pérdida. Alguna bandada de desfiguras."


Por el lado negativo, a veces el poeta resulta abusivo en uso de la paradoja, que en determinadas partes se convierte en la principal figura retórica utilizada. En un lenguaje propio de la mística oriental, las definiciones a través de las no-definiciones tienen su sentido en varios momentos pero en otros, de nuevo, aparece con demasiada asiduidad. Por último, el libro se hace demasiado extenso y una lectura lineal lo convierte en repetitivo en ciertas ocasiones, por lo que parece más apropiada una lectura aleatoria. En general preferimos los poemas largos que aquellos más cortos que se acercan en mayor medida al aforismo.


En definitiva, un libro que no pocas veces llega a ser brillante en lo formal y en su contenido, que podría rescatar a un poeta grande de nuestra poesía si se confirma en el nivel del resto de su poesía, algo que desconocemos, un poeta absolutamente olvidado y marginado por el establishment, que sigue en la órbita del conservadurismo a ultranza que ha poblado buena parte de la crítica y poesía mediática de los últimos 25 años. Un libro muy interesante. El poeta no podrá decir ya "Yo me estoy inédito". Y los doctorando, tienen trabajo para romper la forzada linealidad de la historia de la poesía reciente y pasar por encima de sus directores de tesis.


Valoración de "Campo nublo": 7,5 / 10


A modo de reflexión final: "Me han impedido ver mi propio inconsciente, forzándome a pensamientos absolutos, a elecciones que me hacen desaparecer. Me han impedido ver mi propia naturaleza, forzándome a sentimientos absolutos, a elecciones que me hacen desaparecer. No me dejan pasar líbremente por mí mismo, agitan dos raíces. No permiten que mi yo sea objeto, que yo sea mi sujeto, que no tengo mi yo como yo tengo mi yo. No me dejan autopensar mis sentidos, autosentir mi mente. Pero yo no puedo dejar de fluir. Tengo visiones más allá de las analogías. Mi imaginación directa evoluciona fuera de esto, mi identificación directa me arrastra a mi identificación directa. Me gusta cómo empiezo y cómo acabo.Yo no quiero ser una porción."




jueves, 23 de abril de 2009

En busca del secreto perdido


Queridos todos:

Vamos a aprovechar lo que queda de semana para ponernos en contacto con las editoriales y, a partir de ahí, revisar lo publicado hasta la fecha. De la misma forma, os animamos a los poetas a que nos enviéis directamente vuestras obras publicadas. Esperamos que con la ayuda de todos podamos tener pronto nuevos secretos de poesía que ofreceros.

Recordamos direcciones:

Para enviar libros: recepciondepoemarios@gmail.com
Para enviar sugerencias de lecturas: buzondewitt@gmail.com

Gracias a todos.

sábado, 26 de enero de 2008

El Cultural y Babelia, 4ª semana de enero, 2008. Secretos de poesía: Diarios indios, de Chantal Maillard, por Ander

Queridos amigos y amigas:

Ya hablamos en 2007 que a lo largo de 2008 trataríamos de introducir novedades, en la medida de nuestras posibilidades.

En este sentido, 2008 es un año en el que queremos profundizar en la crítica a libros que, por las razones que sean (editoriales pequeñas, distribución, saturación editorial...) hayan pasado desapercibidos a pesar de tener una enorme calidad. Esa fue la principal razón para crear los premios a mejores poemarios de 2007. Y en la medida en que contemos con vuestra colaboración y con la de los editores para valorar las novedades de 2008, haremos reseñas de libros que tengan una valoración muy positiva por nuestra parte y que hayan pasado desapercibidos.

En el caso de esta semana, el ejemplo es muy especial. Para empezar, se trata de un libro de una autora muy conocida editado por una editorial de prestigio y de buena distribución. Y además no es un libro de poesía estrictamente hablando. Es un libro inclasificable. Pero creíamos que era una oportunidad inaugurar esta sección, que hemos llamado "Secretos de poesía", con un libro de la calidad de Diarios Indios, de Chantal Maillard.

Como aspecto más novedoso, si cabe, la crítica la realiza uno de nuestros lectores, Ander, que sabe de filosofía muchísimo más que el colectivo en su conjunto. Entre las variadas ventajas que tiene la aniquilación del yo cuando se forma un colectivo está la ausencia de celos o envidias por la brillantez de los demás. La crítica de Ander es brillante e inaugura una etapa en la que de vez en cuando entrarán nuestros lectores para hacer reseñas.

Antes de eso, hacemos un breve repaso por las reseñas de El Cultural y de Babelia, que esta semana no han venido cargadas de novedades en cuanto a nombres.

El Cultural ofrece en primicia unos poemas inéditos de Camilo José Cela que son una prueba palpable de lo que decíamos hace una semana. Pocos son los genios poéticos a los 20 años y desde luego Camilo no era uno de ellos. Una puerta a la esperanza para aquellos que sueñan con el Nobel.

La reseña de la semana va dedicada a Rubén Darío, en una reedición de su poesía completa editada por Galaxia Gutenberg. Poco o nada queda por decir sobre la poesía de Rubén y sobre la enorme influencia que ejerció sobre poetas clave españoles. En la reseña, Antonio Colinas tira para casa y resalta los aspectos más rítmicos de la poesía del nicaragüense. Dice Antonio que "el ritmo es la condición fundamental del verso verdadero", cuando la condición fundamental debería ser la propia poesía, de la que el ritmo, o también la arritmia señor Colinas, es una característica más. Y si algo tienen los versos de Rubén Darío es poesía por todos los lados. Quizás algunos de sus poemas envejecen mal con el tiempo por su excesivo rebuscamiento léxico, falta de naturalidad y obsesión por un determinado canon de belleza. Pero, en general, creemos que es un poeta que se quedará en la historia tanto por su poesía como por su influencia.

Respecto a Babelia, comienza con un extenso artículo sobre Juan Gelmán que incluye algunos poemas inéditos, un buen artículo de su mentor para la obtención del Cervantes del pasado año, Antonio Gamoneda, y un sonrojante artículo de publicidad a Visor del Loewe Luis García Montero titulado "Palabra de honor" que es como Visor va a denominar a una nueva colección de poesía para celebrar su 40 cumpleaños. Como dice con toda subjetividad Luis, "conviene celebrar los milagros laicos". Y de milagro habría que calificar el protagonismo de algunos poetas salidos de esa cantera si comparamos su presencia con su calidad poética. Por cierto, ¿habrán reparado en que palabra de honor es un tipo de escote?.

En cuanto a las reseñas, hay una breve reseña de Ángel Luis Prieto de Paula a dos libros de aforismos de Juan Ramón Jiménez, uno publicado por Visor y otro por Comares (La Veleta es el nombre de la colección, señores de Babelia). Sólo en 2006 se habían publicado otros dos libros sobre los aforismos de Juan Ramón, uno por Ediciones Beta III Milenio y otro por la Fundación de cultura Luis Ortega Brú. De los aproximadamente 4000 aforismos que contiene la "ideolojía" ambos libros realizan una selección de los más conocidos. Como en el caso de Rubén Darío, poco podemos añadir a la figura de Juan Ramón, cuya poesía ha envejecido mejor que la de Rubén por su sobriedad y, esto sí es un milagro, su lirismo. Cualquiera de las ediciones, como casi todo lo escribió este señor, es necesaria e imprescindible. Sobre la crítica de Ángel Luis, continua aumentando el número de cuñas de lo que comienza a ser un cierto fundamentalismo estético, en el que dentro de nada, conforme lo vaya estrechando más y más, no van a caber ni siquiera su poetas favoritos. Desconcertante e innecesario.

Hay, finalmente, una crítica de Luis Antonio a dos libros relacionados con la poesía beat. Uno de ellos ya fue reseñado hace tiempo en este blog. Es el "Libro de Jaikus" de Jack Kerouac. En realidad, la única referencia al libro está en el título porque luego Luis Antonio nos habla de Kerouac y nos deja tres líneas de crítica en las que dice "simpático o monótono". Se nos hace difícil conjugar ambas cosas pero nosotros tan sólo somos criaturas terrenales.

Dice Luis Antonio que "mucho más variado de forma", evidentemente porque no es un libro de haikus, es la antología de Jesús Aguado "No pasa nada. Los beat y oriente", editado por Amelia Romero editora, en su colección de El Bardo (de nuevo se confunde una colección con el nombre de la editorial...). La antología está basada en la antología de Carole Tonkinson "Big sky mind: buddhism and the beat generation". Jesús Aguado tiene dos antologías magníficas y muy recomendables sobre poesía hindú, gracias al profundo conocimiento que tiene sobre el subcontinente. Quizás esta antología aporta menos que otras del autor, en tanto que el número de antologías sobre la generación beat comienza a ser incalculable. Es posible que la mayor originalidad de la antología sea utilizar el nexo común del budismo y del orientalismo. Desde el punto de vista poético, muchos poemas ya habían sido publicados en otras ediciones y algunos quizás no habían sido editados por una calidad poética dudosa para nuestro particular gusto. Ya hemos hablado otras veces en este blog sobre la generación beat y nuestro postura, a nivel general, es que sus vidas resultan mucho más interesantes que su obra poética. Pero para lectores amantes de este generación y nostálgicos, sin duda el libro contiene una buena selección de poetas, en especial interesante por aquellos menos traducidos.

Y ya sin más dilación, inauguramos nuestra sección "Secretos de poesía" con la crítica de Ander a Diarios Indios:

Diarios indios (Pre-Textos, 2005), de Chantal Maillard, es la segunda entrega de lo que se ha configurado como una especie de trilogía involuntaria: ubicado entre Filosofía en los días críticos (2001) y Husos. Notas al margen (2007), tiene sin embargo la singularidad de aparecer como una especie de isla en la obra de la poeta y ensayista. A diferencia de los otros dos, Diarios indios no ha sido el germen de ningún poemario; Filosofía en los días críticos es la fuente indirecta de Lógica borrosa y Husos el crisol del que emerge, transfigurado, el poemario Hilos. Por lo tanto, Diarios indios no tiene un espejo poético en que mirarse y queda como discurso autocontenido, sin puntos de fuga, y sin embargo se inserta en un proceso de depuración estilística radical, que desde la “prolijidad” de Filosofía en los días críticos desemboca en la aspereza y la ruptura del lenguaje en Husos y su posterior declinación poética.

A su vez, Diarios indios está compuesto por tres cuadernos que dan cuenta de otros tantos viajes a la india: “Jaisalmer” (1992), “Bangalore” (1996) y “Benarés” (1999) fraguan, así, tres estancias en otras tantas ciudades del subcontinente indio.
Podríamos definir esta obra singular, extraña e inclasificable, como un “diario de viajes filosófico” que entroncaría vagamente con la genealogía del Michaux de Un bárbaro en Asia o el Bruce Chatwin de Los trazos de la canción. Sin embargo, Maillard se aleja de la distanciada ironía del primero y del análisis de los mitos del segundo. Y avisa en el prólogo: “Los cuadernos que componen este libro no son crónicas de viaje. Tampoco son el resultado de un experimento antropológico, ni mucho menos se proponen fomentar una espiritualidad exótica. Dan cuenta tan sólo de un punto de vista, o más bien de un punto de estar, un punto en el que estarse para, desde la mayor extrañeza, atemperar el juicio que precede, siempre, a la experiencia, y procurarle a la mirada, dentro de lo posible, un medio de neutralidad”.

Nos encontramos ante un proceso de introspección consagrado a revelar los mecanismos mentales, sus trampas, su ambigüedad esencial. Este proceso tropieza, en primer lugar, con la conciencia del deseo, deseo que ha de entenderse no sólo como apego a las formas mudables del mundo fenoménico, sino como adhesión incondicional al “yo” que, ilusoriamente, nos conforma. A continuación, encuentra la siguiente objeción: ¿cómo observar al yo que observa? ¿No sería necesario otro yo que observara al primero, y luego un tercer yo para observar al segundo, y así ad nauseam? La autora sortea parcialmente esa hipotética refutación de su método en los siguientes términos: “Identificarse con los propios estados mentales es la condición natural del ser humano; observarlos no es propio de esa condición, es el resultado de un entrenamiento, algo así como un ejercicio de esquizofrenia controlada. La escritura de mis “diarios” no es sino el testimonio de una voluntad comprometida en ese empeño; son una obra en marcha que terminará al tiempo que mi capacidad de observarme y dar cuenta de ello”.

No hay, por lo tanto, una instancia o conciencia superior que englobe estratos inferiores, sino una íntima escisión, una frontera antinatural y premeditada.
Ese proceso no impugna la presencia acuciante, a veces visceral, del mundo exterior, que en “Jaisalmer” se ofrece como extrañamiento, en “Bangalore” provoca una reacción de rabia y en “Benarés” se refleja con una especie de ecuanimidad. Por ello, el estilo cambia de un cuaderno a otro: expectante en el primero, deja paso a letanía en el segundo y se sumerge en la contemplación distante en el tercero.

En “Jaisalmer”, primer viaje, la autora renuncia al eros y toma partido por el thanatos, no necesariamente negativo como lo ha lastrado el pensamiento occidental. El thanatos facilita el extrañamiento, la mirada volcada en el umbral de la conciencia, a punto de quebrarse, de extralimitarse… pero queda, pese a todo, dentro de sí misma:

“El tiempo de las cosas se mide por su sombra, y sólo el que no tiene sombra es eterno. El desierto, por eso, es eterno. Con el sol en el cenit un hombre pierde su sombra. Puede decirse que entonces se le otorga la posibilidad de estar en su propio centro, de no distinguirse de sí mismo. Por un instante, es un iluminado. Pero a luz le gusta jugar en la llanura. Basta que aquel hombre levante un brazo: hallará su sombra debajo. Cualquier movimiento lo habrá de delatar. Basta con que quiera verse a sí mismo y comprobar la ausencia de su sombra: aparecerá la huella de su rostro a sus pies. Nadie puede estar iluminado y verse a sí mismo. El ser y el conocer no pueden ser simultáneos si existe una llanura o una línea de horizonte. Ser y conocer simultáneamente sólo es posible en el vacío porque en el vacío no hay nadie”.

“Bangalore” asume el aprendizaje de la compasión como una tarea primordial en el camino. Para llegar a uno mismo, es menester llegar primero a los demás, dar el rodeo por el otro para descubrirnos mejor. Como señala la autora, no se trata de la compasión cristiana; es un sentimiento que tiene que ver con cierta fiereza primordial, desprovista de cualquier idea ética o imperativo categórico.
El mundo sigue ahí:

“Violaron a una niña inglesa, anoche, en Bangalore. A él, le mataron. Dicen que fue casualidad, que no estaban juntos, que sus almas se habían separado mucho antes. Pero no lo creo. Yo los vi, a ambos, cruzando la tarde, ayer, ella sosteniendo una pereza azul en su vientre; él, unos anteojos dorados. Tan sólo los separaba la tela de algodón transparente que cubría sin ocultarla la estela de su cuerpo.
No fue causalidad, fue aquella blancura del tejido. Hay veces que la vida no soporta tanta blancura”.

“Benarés”, cronológicamente el último cuaderno, está dividido en dos partes. “48 ghats” traza un itinerario por las escalinatas que bajan al Ganges. En cada una de ellas, la observadora se detiene y nos hace partícipes de sus impresiones. Asombra el modo en que se deslastra de los prejuicios de la sentimentalidad occidental: todo es observado con la imparcialidad de quien contempla un mundo cuyas fuerzas precipitadas, que en Occidente rápidamente asimilamos al bien o al mal, no provocan la respuesta moral automática y preconcebida con la que nos defendemos de lo ajeno en virtud de una inmunología preventiva meticulosamente inoculada. Los niños vuelan las cometas, los ascetas amasan boñigas, la perra negra se alimenta de fetos en el Ganges… el observador no siente horror ante ello, no juzga: todos los estímulos han quedado igualados por una mirada ecuánime, que contempla sin perplejidad las mudanzas del mundo:

“La perra negra es especialista en fetos. Tiene tiña como casi todos los perros de Benarés, pero sabe como ninguno rastrear los fetos hinchados que las aguas devuelven a la orilla. Aquí está. Empieza por el cerebro. Una joven japonesa se acerca a la escena, se pone la cámara en la cara. Duda. No se atreve a disparar. Los intestinos ya se escapan por el cuello derramándose entre las guirnaldas amarillas y las bolsas de plástico que se estancan en el ghat y un olor nauseabundo corre como una brisa rozando el papel en el que escribo. El suelo de piedra ya cobra el tono rosa de la sangre aguada. La perra se relame. Da unos pasos a lo largo del ghat y vuelve al festín que ya es un tronco abierto por la espalda. Tres niños juegan a sumergir guirnaldas a su lado. La perra cumple con el cielo, restituye la carne a otra carne, lo impuro a lo impuro, devuelve a la totalidad la parte que le corresponde. Ya no puede reconocerse a qué ha pertenecido el trozo de carne que bambolea entre la pata derecha del animal y su hocico. El sol se está poniendo despacio en los escalones. Los niños juegan”.

Las respuestas automáticas de rechazo y repugnancia quedan desactivadas y la mirada emerge liberada. Ha sido desnudada hasta el tuétano y, acantilada, está dispuesta a invertir su dirección. “Diario de Benarés”, segunda parte de “Benarés” y conclusión del libro, “describe el itinerario de una conciencia observadora que acaba siendo objeto de su propia observación”. Para ello, se despoja de todo sentimiento y todo deseo, se aquieta, se remansa, se vuelca en el ahora. La descripción del proceso se acompaña con una reflexión profunda sobre la naturaleza del deseo, sobre cómo éste engendra la multiplicidad, la diferencia, la escisión y, a la postre, se erige en motor genesiaco de toda divinidad. Lo cual lleva a la autora a gritar: “¡Muéstrame tu dios y te diré cuál es el color de tu miedo!”. Sigue un ataque frontal a las religiones y a las servidumbres que las propician, pues los seres humanos “tienen poca fuerza para la orfandad”. Y caen las máscaras: “Jehová: uno de los dioses que ocupan la parte superior izquierda del mandala tántrico. El error: confundir a uno de los devas (dioses) con el Absoluto. El dios de los judíos: un deva vengativo en guerra contra los asuras (demonios). Un dios que necesita la ayuda de los hombres: ellos son su alimento. Al rezarle le dan su fuerza, le entregan su energía. Los dioses se alimentan de las preces de sus “fieles”” […] El error del hebraísmo: hacer de uno (de los dioses) el Uno. El error de Cristo: asumir el hebraísmo. El error de muchos cristianos: confundir a Jehová con el Dios del Cristo o, incluso, con la síntesis última del racionalismo”.

El proceso de escisión es tal que incluso genera paradojas o poéticas de la percepción:
“Me apuntaron a mí, pero ahí donde llegó el dardo no había nadie.
¿O sí lo había?
Yo acechaba, detrás del árbol.
Vi algo caer.”

De regreso del viaje, parece que el umbral que define ambas conciencias –la conciencia y la conciencia observadora– vuelve a espesarse y a investirse de la ceguera que rige nuestra vida. A tientas se vuelve de otro mundo, de un mundo radicalmente ajeno que sirvió de excusa para una íntima ordalía, y acaso para una derrota, no menos secreta.

Uno de los últimos párrafos revela que persiste el deseo de protección, que quizá la mirada que pretendió desencarnarse ha fracasado y naufraga en la orfandad, en la niñez que denunciaba:

“Por haber sufrido, tal vez, o inmerecidamente me concedieron un ángel (es una manera de decir; todo es una manera de decir).

Cuando un ángel cae, al principio sufre porque no sabe nada salvo la tarea encomendada. Después, poco a poco va recuperando la visión y el poder. Cuando lo recupera del todo, entonces se va. Dicen que ha muerto, pero no: es que le han vuelto a crecer las alas.

No estoy lista aún para que recuperes del todo la visión. ¿No ves cuánta confusión anida todavía en mi pecho, que me hace confundir, como por necesidad, el objeto al que la llama se dirige con el propio fuego?”.

Y ya el libro deja a esa escritura, muy limpia y despojada de ornamentos, al borde del abismo del lenguaje: en Husos ya no habrá que limpiar el verbo, sino dinamitarlo, romper las cadenas lógicas de sentido y los ensamblajes predecibles que dan cuenta del mundo.

¿Qué ocurre con el poema si cae desde un sexto piso?
Pero esto es otra historia.