domingo, 13 de enero de 2008

Babelia, segunda semana de 2008. José Corredor-Matheos. Un pez que va por el jardín

Hola amigas y amigos:

Empezamos con Babelia porque el libro reseñado por El Cultural no lo hemos encontrado en las librerías y el autor se ha ofrecido amablemente a enviarlo por correo.

Esta semana Babelia si paró en la poesía. Una única reseña de un libro, más un reportaje sobre la poesía del periodista Ryszard Kapuscinski.

La reseña de poesía la realiza Ángel Luis Prieto de Paula sobre el libro de José Corredor-Matheos "Un pez que va por el jardín". Edita Tusquets. No vemos nada que afecte a priori a la independencia del crítico:

Valoración a priori de la independencia del crítico en este caso: 9 / 10

Respecto a nuestra objetividad, se ve afectada. Nos cuesta valorar a una persona que lleva tanto escrito, que tiene su edad y que tiene las narices de publicar un poemario a los 78 años.

Autovaloración de nuestra objetividad en este caso: 5 / 10

Respecto a la crítica de Ángel Luis, nos parece correcta en general, sin haberle sacado una parte importante del jugo al libro, y sólo estaríamos en desacuerdo en dos puntos. En primer lugar, el crítico dice que es un poemario "deshinchado de retórica". En realidad, hay bastante retórica, la normal en un poemario, alguna utilizada de manera sutil y otra algo menos. Y luego, cabría pedirle al profesor que o bien deje de meter cuñas una semana tras otra contra no sabemos muy bien quién ("saqueados por versificadores de recetario" versus "poetas auténticos" en esta semana) o que se moje y dé nombres, apellidos y alguna que otra razón. Últimamente Ángel está bastante mejor en sus ensayos que en sus reseñas. Opinión personal de este modesto grupo.

José ha escrito un poemario mirando al cielo, esperanzador, alegre, de una envidiable paz con el mundo, un poemario que, paradójicamente, (olé por Luisa de nuevo, no falla una) a veces parece escrito por un niño sabio e inocente.

La parte primera del poemario es un buen ejemplo de lo que acabamos de decir. El poeta dirige su mirada al cielo y se fija una y otra vez en él, en los pájaros, tanto como nombre general, como con especies concretas como la paloma, las gaviotas, más tarde el gorrión...

El primer poema, en este sentido, da una buena pincelada de lo que va a ser el resto del libro desde el punto de vista temático: la alegría y paz que le producen la naturaleza y los animales, la repetición constante de los sustantivos pájaros, cielo, nubes, viento; la abundancia de preguntas, algunas retóricas; el inicio del poema en descripción que se convierte en reflexión, versos heptasílabos que a veces terminan la sintaxis en tetrasílabos y a veces en pentasílabos, antropomorfismo de animales y elementos de la naturaleza, etc.

Así, este primer poema termina con el poeta indicando que "No he de preguntarme / nada más, /sino unirme ya al viento / y a la paloma, / al aire de su vuelo." Una declaración de principios, de comunión total con la naturaleza, y de renuncia a cualquier tipo de complejidad filosófica. El viento, en este sentido, como fuerza invisible, anónima pero poderosa, tendrá un notable protagonismo a lo largo del poemario. En este sentido, el poeta se declara en el siguiente poema "...amigo del viento / y de las nubes, amigos de los árboles."

El tono optimista del poemario a veces se adivina en un sólo verso, como cuando el poeta dice "...él y yo compartimos / la caída y el vuelo". Cualquier elemento de la naturaleza, como el ladrido de un perro, le sirve a José para acercarse a la felicidad de la paz: ¿Qué es lo que sabe el perro, / que adivino, de pronto, / y me llena de paz?." Y de ahí a una de las varias metamorfosis que el sujeto poético sufre a lo largo del poemario: "he empezado a ladrar,/ ladrar, agradecido".

Insiste el poeta en esta línea en el poema que comienza con "Si a este inocente pájaro / nada le importa más / que gozar del instante / e ignora... / que ha de morir", para hacerse una pregunta que el mismo se contesta al formularla: "¿por qué habrá de importarme / a mí, si es mi vida / corta como la suya / y soy feliz también / bajo esta fina lluvia, / ignorándolo todo?". La ignorancia, el desconocimiento, la vida animal, o infantil, como la clave de la paz y la felicidad del poeta, en reflexiones de cierta base estoica, muy sencillas, casi de pensamiento de niño, porque eso y no otra cosa es lo que busca el poeta.

Y termina esta primera parte con un aviso, sutil, sobre la brevedad de la vida, y la cercanía de la muerte que el poeta podría intuir: "Los versos siempre ignoran, / como tú, como el viento, / cuándo van a cesar".

En la segunda parte del poemario, el poeta realiza varias reflexiones metapoéticas a la vez que se muestra algo menos optimista. Comienza asumiendo el fracaso de la poesía, de su poesía, con los versos que abren el primer poema: "Tus palabras no son / las que esperabas. / No abren las heridas / más profundas, / ni los gozos más íntimos...". Incluso llega a decir, como si la poesía le llevara atrás en su felicidad conseguida en la naturaleza, que "la misma paz posible / o imposible, / siempre están por llegar". El cielo pasa a tener un color triste "Contemplo el cielo gris". Es como si el poeta volviera sobre sus pasos, como dice más adelante, en un mundo en el que parece que Dios no existe: "mientras las nubes siguen / su camino / por ese cielo inmóvil". Pero el poeta parece que ha aprendido, y así lo dice en uno de los mejores poemas del libro: "Hasta que un día aprendes, / y lo haces de golpe, / como si ya estuvieras despidiéndote / de todo para siempre."

Resulta curiosa la aproximación que hace el poeta al mar. En la primera parte se pregunta si sabrá volar, y en esta segunda, el mar desaparece: "Miraba, absorto, el mar, / pero el mar ya no está." Aunque puede tener varias interpretaciones, la valoración que hace de todo lo que vive en el cielo, hace pensar que el mar, por deseo del poeta, ha aprendido a volar como forma de despegarse de lo terrenal.

Y de nuevo, un perro, un ser supuestamente irracional, lleva al poeta al optimismo en el poema que termina esta segunda parte, en el que José se desdobla por primera vez en el poemario para verse desde fuera: "Te cruzas con un hombre / que sonríe feliz, /.../Y ese hombre eres tú." El poeta insiste en la nada como clave: "Qué gran felicidad / el poder sonreír / cuando lo olvidas todo".

La parte tercera del poemario abunda en poemas que están inspirados en cuadros de diversos autores, en donde aparecen temas recurrentes, como la soledad o la propia reflexión sobre la pintura ("...pintar es sentir / el duro escalofrío / de la pura belleza"),

El autor rescata la felicidad de personajes y cuadros, insistiendo en la nada como clave (...allí donde no hay nada, / todo brilla.), en el vacío (espejo del vacío, / donde me reconozco), en la esperanza (nos será devuelta / la vida arrebatada) y en la resurrección metafórica a través de un nuevo desdoblamiento del yo (he de adentrarme solo / en el desierto, / para desenterrar mi cuerpo / de la arena).

En la parte cuarta, el poeta nos sitúa en el triunfo de haber llegado donde quería (Qué extraña sensación / de que estoy finalmente / donde debo de estar). José comienza a identificarse ahora con los árboles, como un nuevo paso hacia la nada que es el todo. Y dice refiriéndose a ellos: "¿Viven fuera de mí, / o acaso son sus vidas / y la mía / una única vida?". En otro poema, con un nuevo desdoblamiento de la personalidad, dice: "Salir del tren y verme / abrazar los olivos, / desde el tren que se aleja".

El poeta llega a la cumbre del pensamiento de un niño adulto en su poema "Me hacen feliz los verdes de las hojas". Y termina juntando de nuevo paz y vacío: "Y qué paz, la de ver / cómo desapareces / tú también, / sin dejar de mirarla".

En la quinta parte, el poeta nos introduce el otoño como gran metáfora, y de nuevo vuelve con alegría, la que le da la lluvia en varios de los poemas. Y se siente, por fin, árbol: "Qué dolor alejarme / de estos árboles / y olvidar lo que soy: / sólo un árbol en busca / de raíces". E insiste en el siguiente poema: "y qué ha sido también / de aquel que era yo / cuando todas mis hojas / eran verdes? /.../ y lo siento en la savia / de mis venas". Y siempre con espíritu de cántico y felicidad: "que no el sauce ni nada / de lo que fuera mío / he de considerarlo /perdido para siempre". Y termina diciendo en otro poema: "Porque eres ya un árbol, / y contemplas el tiempo, / suspendido en tus ramas".

Y el optimismo llega a su cumbre en este otoño en el que el poeta agradece la lluvia y todo lo que le ofrece la naturaleza: "La lluvia te ha llenado / los pulmones / de algo que es un dolor / en todo semejante / a la alegría".

En la parte sexta, la noche oscureciéndose, ¿la vida que se acaba?, tampoco es obstáculo para que el poeta haya alcanzado su pequeño nirvana: "Sin embargo, qué paz, / qué sensación / de que todo está bien". Hay una pequeña reflexión sobre la muerte en "No, los muertos no hablan", uno de los mejores poemas del libro. En otro, el poeta vuelve a su infancia de adulto con un juego: "Ponerte a ver el mundo. / Ir contando sus piezas. / Y al final descubrir / que falta una".

La séptima y parte final es un buen corolario. En el primer poema, el poeta se hace pez, árbol y pájaro, y se extraña de su humanidad. En el tercero, se siente más cercano al gorrión "que del hombre que pasa / con el rostro nublado / por las sombras". Y se define de una manera muy bella: "Yo no soy más que un pájaro / que no sabe volar".

Insiste el poeta en el valor de la nada: "No piensas ya en nada, / y ahora aciertas". Y de ahí se entiende fácilmente que para el poeta "No hay diferencia alguna / entre la sombra y tú, / entre la luz y tú".

Y ya en el último poema, el poeta nos revela su mirada de niño: "Todo lo que vas siendo / te sorprende /.../ Caminas muy despacio, / para que todo pueda / sorprenderte". Y termina de una hermosa manera, detenido, en la felicidad, en la sabiduría que por fin el poeta ha logrado.

En definitiva, estamos ante el poemario de un poeta que nos da un resumen, la conclusión, de sus reflexiones, dejando un pensamiento sencillo, escueto, que trata de transmitir en un canto a la naturaleza, a la sencillez, a la felicidad frente a la complejidad y la tristeza que representa la humanidad.

Lo que más valoramos del poeta es que, sin duda, logra transmitir poesía en sus poemas. Sentimos sus sentimientos, nos hacemos partícipes de sus emociones y de sus ilusiones, con el mérito añadido de que podamos no estar de acuerdo en sus sencillas reflexiones. En definitiva, la parte que más valoramos del poemario de José es, precisamente, ese concepto que todavía no hemos llegado a explicar bien: la poesía que subyace debajo de los poemas.

Respecto a lo que menos nos gusta, por una parte encontramos cierta monotonía en el ritmo prosódico del poemario. Le falta riqueza y variedad métrica. Se echa a veces de menos, además, ciertas dosis de brillantez a las que el poeta nos tenía acostumbrados. Por otra parte, hay una excesiva insistencia en los mismos términos y reflexiones, que se repiten demasiado y que también aportan monotonía. Asimismo, resultan algo sorprendentes ciertos versos, leídos ya muchas veces (gusto a tierra mojada; en los pliegues del aire; y el otoño se viste / con sus oros). Hay algunos juegos de palabras que no funcionan y que resultan extraños en un poeta de esta talla (Con Miró, miro y veo; nada en la nada / se sostiene) y, finalmente, un cierto abuso de las paradojas, lo que lleva a que pierdan fuerza (Todos, son míos todos / los colores, y ninguno; sombras que van creciendo / sobre el campo / que no pueden ser sombras, y nada te parece / posible o imposible; Estás en un lugar / que no es lugar, / un tiempo que no es tiempo).

En resumen, un poemario que contiene lo más importante, poesía, pero que podría haber ido mucho más lejos si se hubieran evitado los problemas que hemos comentado. Un libro recomendable, en cualquier caso, que invita al optimismo de este poeta bueno y entrañable que es José Corredor-Matheos.

Larga vida te contemple, poeta.

Valoración del libro "Un pez que va por el jardín": 6,75 / 10