sábado, 26 de enero de 2008

El Cultural y Babelia, 4ª semana de enero, 2008. Secretos de poesía: Diarios indios, de Chantal Maillard, por Ander

Queridos amigos y amigas:

Ya hablamos en 2007 que a lo largo de 2008 trataríamos de introducir novedades, en la medida de nuestras posibilidades.

En este sentido, 2008 es un año en el que queremos profundizar en la crítica a libros que, por las razones que sean (editoriales pequeñas, distribución, saturación editorial...) hayan pasado desapercibidos a pesar de tener una enorme calidad. Esa fue la principal razón para crear los premios a mejores poemarios de 2007. Y en la medida en que contemos con vuestra colaboración y con la de los editores para valorar las novedades de 2008, haremos reseñas de libros que tengan una valoración muy positiva por nuestra parte y que hayan pasado desapercibidos.

En el caso de esta semana, el ejemplo es muy especial. Para empezar, se trata de un libro de una autora muy conocida editado por una editorial de prestigio y de buena distribución. Y además no es un libro de poesía estrictamente hablando. Es un libro inclasificable. Pero creíamos que era una oportunidad inaugurar esta sección, que hemos llamado "Secretos de poesía", con un libro de la calidad de Diarios Indios, de Chantal Maillard.

Como aspecto más novedoso, si cabe, la crítica la realiza uno de nuestros lectores, Ander, que sabe de filosofía muchísimo más que el colectivo en su conjunto. Entre las variadas ventajas que tiene la aniquilación del yo cuando se forma un colectivo está la ausencia de celos o envidias por la brillantez de los demás. La crítica de Ander es brillante e inaugura una etapa en la que de vez en cuando entrarán nuestros lectores para hacer reseñas.

Antes de eso, hacemos un breve repaso por las reseñas de El Cultural y de Babelia, que esta semana no han venido cargadas de novedades en cuanto a nombres.

El Cultural ofrece en primicia unos poemas inéditos de Camilo José Cela que son una prueba palpable de lo que decíamos hace una semana. Pocos son los genios poéticos a los 20 años y desde luego Camilo no era uno de ellos. Una puerta a la esperanza para aquellos que sueñan con el Nobel.

La reseña de la semana va dedicada a Rubén Darío, en una reedición de su poesía completa editada por Galaxia Gutenberg. Poco o nada queda por decir sobre la poesía de Rubén y sobre la enorme influencia que ejerció sobre poetas clave españoles. En la reseña, Antonio Colinas tira para casa y resalta los aspectos más rítmicos de la poesía del nicaragüense. Dice Antonio que "el ritmo es la condición fundamental del verso verdadero", cuando la condición fundamental debería ser la propia poesía, de la que el ritmo, o también la arritmia señor Colinas, es una característica más. Y si algo tienen los versos de Rubén Darío es poesía por todos los lados. Quizás algunos de sus poemas envejecen mal con el tiempo por su excesivo rebuscamiento léxico, falta de naturalidad y obsesión por un determinado canon de belleza. Pero, en general, creemos que es un poeta que se quedará en la historia tanto por su poesía como por su influencia.

Respecto a Babelia, comienza con un extenso artículo sobre Juan Gelmán que incluye algunos poemas inéditos, un buen artículo de su mentor para la obtención del Cervantes del pasado año, Antonio Gamoneda, y un sonrojante artículo de publicidad a Visor del Loewe Luis García Montero titulado "Palabra de honor" que es como Visor va a denominar a una nueva colección de poesía para celebrar su 40 cumpleaños. Como dice con toda subjetividad Luis, "conviene celebrar los milagros laicos". Y de milagro habría que calificar el protagonismo de algunos poetas salidos de esa cantera si comparamos su presencia con su calidad poética. Por cierto, ¿habrán reparado en que palabra de honor es un tipo de escote?.

En cuanto a las reseñas, hay una breve reseña de Ángel Luis Prieto de Paula a dos libros de aforismos de Juan Ramón Jiménez, uno publicado por Visor y otro por Comares (La Veleta es el nombre de la colección, señores de Babelia). Sólo en 2006 se habían publicado otros dos libros sobre los aforismos de Juan Ramón, uno por Ediciones Beta III Milenio y otro por la Fundación de cultura Luis Ortega Brú. De los aproximadamente 4000 aforismos que contiene la "ideolojía" ambos libros realizan una selección de los más conocidos. Como en el caso de Rubén Darío, poco podemos añadir a la figura de Juan Ramón, cuya poesía ha envejecido mejor que la de Rubén por su sobriedad y, esto sí es un milagro, su lirismo. Cualquiera de las ediciones, como casi todo lo escribió este señor, es necesaria e imprescindible. Sobre la crítica de Ángel Luis, continua aumentando el número de cuñas de lo que comienza a ser un cierto fundamentalismo estético, en el que dentro de nada, conforme lo vaya estrechando más y más, no van a caber ni siquiera su poetas favoritos. Desconcertante e innecesario.

Hay, finalmente, una crítica de Luis Antonio a dos libros relacionados con la poesía beat. Uno de ellos ya fue reseñado hace tiempo en este blog. Es el "Libro de Jaikus" de Jack Kerouac. En realidad, la única referencia al libro está en el título porque luego Luis Antonio nos habla de Kerouac y nos deja tres líneas de crítica en las que dice "simpático o monótono". Se nos hace difícil conjugar ambas cosas pero nosotros tan sólo somos criaturas terrenales.

Dice Luis Antonio que "mucho más variado de forma", evidentemente porque no es un libro de haikus, es la antología de Jesús Aguado "No pasa nada. Los beat y oriente", editado por Amelia Romero editora, en su colección de El Bardo (de nuevo se confunde una colección con el nombre de la editorial...). La antología está basada en la antología de Carole Tonkinson "Big sky mind: buddhism and the beat generation". Jesús Aguado tiene dos antologías magníficas y muy recomendables sobre poesía hindú, gracias al profundo conocimiento que tiene sobre el subcontinente. Quizás esta antología aporta menos que otras del autor, en tanto que el número de antologías sobre la generación beat comienza a ser incalculable. Es posible que la mayor originalidad de la antología sea utilizar el nexo común del budismo y del orientalismo. Desde el punto de vista poético, muchos poemas ya habían sido publicados en otras ediciones y algunos quizás no habían sido editados por una calidad poética dudosa para nuestro particular gusto. Ya hemos hablado otras veces en este blog sobre la generación beat y nuestro postura, a nivel general, es que sus vidas resultan mucho más interesantes que su obra poética. Pero para lectores amantes de este generación y nostálgicos, sin duda el libro contiene una buena selección de poetas, en especial interesante por aquellos menos traducidos.

Y ya sin más dilación, inauguramos nuestra sección "Secretos de poesía" con la crítica de Ander a Diarios Indios:

Diarios indios (Pre-Textos, 2005), de Chantal Maillard, es la segunda entrega de lo que se ha configurado como una especie de trilogía involuntaria: ubicado entre Filosofía en los días críticos (2001) y Husos. Notas al margen (2007), tiene sin embargo la singularidad de aparecer como una especie de isla en la obra de la poeta y ensayista. A diferencia de los otros dos, Diarios indios no ha sido el germen de ningún poemario; Filosofía en los días críticos es la fuente indirecta de Lógica borrosa y Husos el crisol del que emerge, transfigurado, el poemario Hilos. Por lo tanto, Diarios indios no tiene un espejo poético en que mirarse y queda como discurso autocontenido, sin puntos de fuga, y sin embargo se inserta en un proceso de depuración estilística radical, que desde la “prolijidad” de Filosofía en los días críticos desemboca en la aspereza y la ruptura del lenguaje en Husos y su posterior declinación poética.

A su vez, Diarios indios está compuesto por tres cuadernos que dan cuenta de otros tantos viajes a la india: “Jaisalmer” (1992), “Bangalore” (1996) y “Benarés” (1999) fraguan, así, tres estancias en otras tantas ciudades del subcontinente indio.
Podríamos definir esta obra singular, extraña e inclasificable, como un “diario de viajes filosófico” que entroncaría vagamente con la genealogía del Michaux de Un bárbaro en Asia o el Bruce Chatwin de Los trazos de la canción. Sin embargo, Maillard se aleja de la distanciada ironía del primero y del análisis de los mitos del segundo. Y avisa en el prólogo: “Los cuadernos que componen este libro no son crónicas de viaje. Tampoco son el resultado de un experimento antropológico, ni mucho menos se proponen fomentar una espiritualidad exótica. Dan cuenta tan sólo de un punto de vista, o más bien de un punto de estar, un punto en el que estarse para, desde la mayor extrañeza, atemperar el juicio que precede, siempre, a la experiencia, y procurarle a la mirada, dentro de lo posible, un medio de neutralidad”.

Nos encontramos ante un proceso de introspección consagrado a revelar los mecanismos mentales, sus trampas, su ambigüedad esencial. Este proceso tropieza, en primer lugar, con la conciencia del deseo, deseo que ha de entenderse no sólo como apego a las formas mudables del mundo fenoménico, sino como adhesión incondicional al “yo” que, ilusoriamente, nos conforma. A continuación, encuentra la siguiente objeción: ¿cómo observar al yo que observa? ¿No sería necesario otro yo que observara al primero, y luego un tercer yo para observar al segundo, y así ad nauseam? La autora sortea parcialmente esa hipotética refutación de su método en los siguientes términos: “Identificarse con los propios estados mentales es la condición natural del ser humano; observarlos no es propio de esa condición, es el resultado de un entrenamiento, algo así como un ejercicio de esquizofrenia controlada. La escritura de mis “diarios” no es sino el testimonio de una voluntad comprometida en ese empeño; son una obra en marcha que terminará al tiempo que mi capacidad de observarme y dar cuenta de ello”.

No hay, por lo tanto, una instancia o conciencia superior que englobe estratos inferiores, sino una íntima escisión, una frontera antinatural y premeditada.
Ese proceso no impugna la presencia acuciante, a veces visceral, del mundo exterior, que en “Jaisalmer” se ofrece como extrañamiento, en “Bangalore” provoca una reacción de rabia y en “Benarés” se refleja con una especie de ecuanimidad. Por ello, el estilo cambia de un cuaderno a otro: expectante en el primero, deja paso a letanía en el segundo y se sumerge en la contemplación distante en el tercero.

En “Jaisalmer”, primer viaje, la autora renuncia al eros y toma partido por el thanatos, no necesariamente negativo como lo ha lastrado el pensamiento occidental. El thanatos facilita el extrañamiento, la mirada volcada en el umbral de la conciencia, a punto de quebrarse, de extralimitarse… pero queda, pese a todo, dentro de sí misma:

“El tiempo de las cosas se mide por su sombra, y sólo el que no tiene sombra es eterno. El desierto, por eso, es eterno. Con el sol en el cenit un hombre pierde su sombra. Puede decirse que entonces se le otorga la posibilidad de estar en su propio centro, de no distinguirse de sí mismo. Por un instante, es un iluminado. Pero a luz le gusta jugar en la llanura. Basta que aquel hombre levante un brazo: hallará su sombra debajo. Cualquier movimiento lo habrá de delatar. Basta con que quiera verse a sí mismo y comprobar la ausencia de su sombra: aparecerá la huella de su rostro a sus pies. Nadie puede estar iluminado y verse a sí mismo. El ser y el conocer no pueden ser simultáneos si existe una llanura o una línea de horizonte. Ser y conocer simultáneamente sólo es posible en el vacío porque en el vacío no hay nadie”.

“Bangalore” asume el aprendizaje de la compasión como una tarea primordial en el camino. Para llegar a uno mismo, es menester llegar primero a los demás, dar el rodeo por el otro para descubrirnos mejor. Como señala la autora, no se trata de la compasión cristiana; es un sentimiento que tiene que ver con cierta fiereza primordial, desprovista de cualquier idea ética o imperativo categórico.
El mundo sigue ahí:

“Violaron a una niña inglesa, anoche, en Bangalore. A él, le mataron. Dicen que fue casualidad, que no estaban juntos, que sus almas se habían separado mucho antes. Pero no lo creo. Yo los vi, a ambos, cruzando la tarde, ayer, ella sosteniendo una pereza azul en su vientre; él, unos anteojos dorados. Tan sólo los separaba la tela de algodón transparente que cubría sin ocultarla la estela de su cuerpo.
No fue causalidad, fue aquella blancura del tejido. Hay veces que la vida no soporta tanta blancura”.

“Benarés”, cronológicamente el último cuaderno, está dividido en dos partes. “48 ghats” traza un itinerario por las escalinatas que bajan al Ganges. En cada una de ellas, la observadora se detiene y nos hace partícipes de sus impresiones. Asombra el modo en que se deslastra de los prejuicios de la sentimentalidad occidental: todo es observado con la imparcialidad de quien contempla un mundo cuyas fuerzas precipitadas, que en Occidente rápidamente asimilamos al bien o al mal, no provocan la respuesta moral automática y preconcebida con la que nos defendemos de lo ajeno en virtud de una inmunología preventiva meticulosamente inoculada. Los niños vuelan las cometas, los ascetas amasan boñigas, la perra negra se alimenta de fetos en el Ganges… el observador no siente horror ante ello, no juzga: todos los estímulos han quedado igualados por una mirada ecuánime, que contempla sin perplejidad las mudanzas del mundo:

“La perra negra es especialista en fetos. Tiene tiña como casi todos los perros de Benarés, pero sabe como ninguno rastrear los fetos hinchados que las aguas devuelven a la orilla. Aquí está. Empieza por el cerebro. Una joven japonesa se acerca a la escena, se pone la cámara en la cara. Duda. No se atreve a disparar. Los intestinos ya se escapan por el cuello derramándose entre las guirnaldas amarillas y las bolsas de plástico que se estancan en el ghat y un olor nauseabundo corre como una brisa rozando el papel en el que escribo. El suelo de piedra ya cobra el tono rosa de la sangre aguada. La perra se relame. Da unos pasos a lo largo del ghat y vuelve al festín que ya es un tronco abierto por la espalda. Tres niños juegan a sumergir guirnaldas a su lado. La perra cumple con el cielo, restituye la carne a otra carne, lo impuro a lo impuro, devuelve a la totalidad la parte que le corresponde. Ya no puede reconocerse a qué ha pertenecido el trozo de carne que bambolea entre la pata derecha del animal y su hocico. El sol se está poniendo despacio en los escalones. Los niños juegan”.

Las respuestas automáticas de rechazo y repugnancia quedan desactivadas y la mirada emerge liberada. Ha sido desnudada hasta el tuétano y, acantilada, está dispuesta a invertir su dirección. “Diario de Benarés”, segunda parte de “Benarés” y conclusión del libro, “describe el itinerario de una conciencia observadora que acaba siendo objeto de su propia observación”. Para ello, se despoja de todo sentimiento y todo deseo, se aquieta, se remansa, se vuelca en el ahora. La descripción del proceso se acompaña con una reflexión profunda sobre la naturaleza del deseo, sobre cómo éste engendra la multiplicidad, la diferencia, la escisión y, a la postre, se erige en motor genesiaco de toda divinidad. Lo cual lleva a la autora a gritar: “¡Muéstrame tu dios y te diré cuál es el color de tu miedo!”. Sigue un ataque frontal a las religiones y a las servidumbres que las propician, pues los seres humanos “tienen poca fuerza para la orfandad”. Y caen las máscaras: “Jehová: uno de los dioses que ocupan la parte superior izquierda del mandala tántrico. El error: confundir a uno de los devas (dioses) con el Absoluto. El dios de los judíos: un deva vengativo en guerra contra los asuras (demonios). Un dios que necesita la ayuda de los hombres: ellos son su alimento. Al rezarle le dan su fuerza, le entregan su energía. Los dioses se alimentan de las preces de sus “fieles”” […] El error del hebraísmo: hacer de uno (de los dioses) el Uno. El error de Cristo: asumir el hebraísmo. El error de muchos cristianos: confundir a Jehová con el Dios del Cristo o, incluso, con la síntesis última del racionalismo”.

El proceso de escisión es tal que incluso genera paradojas o poéticas de la percepción:
“Me apuntaron a mí, pero ahí donde llegó el dardo no había nadie.
¿O sí lo había?
Yo acechaba, detrás del árbol.
Vi algo caer.”

De regreso del viaje, parece que el umbral que define ambas conciencias –la conciencia y la conciencia observadora– vuelve a espesarse y a investirse de la ceguera que rige nuestra vida. A tientas se vuelve de otro mundo, de un mundo radicalmente ajeno que sirvió de excusa para una íntima ordalía, y acaso para una derrota, no menos secreta.

Uno de los últimos párrafos revela que persiste el deseo de protección, que quizá la mirada que pretendió desencarnarse ha fracasado y naufraga en la orfandad, en la niñez que denunciaba:

“Por haber sufrido, tal vez, o inmerecidamente me concedieron un ángel (es una manera de decir; todo es una manera de decir).

Cuando un ángel cae, al principio sufre porque no sabe nada salvo la tarea encomendada. Después, poco a poco va recuperando la visión y el poder. Cuando lo recupera del todo, entonces se va. Dicen que ha muerto, pero no: es que le han vuelto a crecer las alas.

No estoy lista aún para que recuperes del todo la visión. ¿No ves cuánta confusión anida todavía en mi pecho, que me hace confundir, como por necesidad, el objeto al que la llama se dirige con el propio fuego?”.

Y ya el libro deja a esa escritura, muy limpia y despojada de ornamentos, al borde del abismo del lenguaje: en Husos ya no habrá que limpiar el verbo, sino dinamitarlo, romper las cadenas lógicas de sentido y los ensamblajes predecibles que dan cuenta del mundo.

¿Qué ocurre con el poema si cae desde un sexto piso?
Pero esto es otra historia.